Toda la comida que compramos en el supermercado está cambiando. Las grandes cadenas de alimentación invierten cada vez más en la producción orgánica. Por ejemplo, la multinacional francesa Danone gastó 10 mil millones en comprar una productora de leche estadounidense de productos lácteos alternativos y con origen de agricultura ecológica. Sin embargo, no existe un beneficio «real» por consumir este tipo de productos.

El simple hecho de ver una etiqueta que ponga «orgánico», suele tirar por la ventana nuestro escepticismo y sentido común. En una prueba realizada a consumidores, se les puso frente a dos alimentos completamente idénticos, uno marcado como orgánico y otro normal. Declararon que la comida que pensaban que era orgánica era más baja en calorías y más nutritiva, que pagarían entre un 16 y 23% más por ella. Es el llamado efecto del «halo» de estos productos.

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¿Menos recursos?

Mucha gente podría decir que eso está bien, que no consumen productos orgánicos por sus beneficios saludables, pero que lo hacen porque les preocupa el planeta. Está claro que en la agricultura ecológica se utiliza poca energía, genera pocos gases de efecto invernadero y tiene menos pérdidas del nitrógeno necesario para el crecimiento de las plantas.

Pero a gran escala, este tipo de agricultura es mucho menos eficiente que la tradicional. Se necesitan más campos para producir la misma cantidad de alimentos. Y no solo porque se utilicen menos fertilizantes y haya más insectos y pestes, sino que la tierra necesita permanecer vacía o con legumbres para poder regenerar su fertilidad cada vez que se vaya a plantar.

Por otra parte, entre los pesticidas naturales que se utilizan, se incluyen los que tienen sulfato de cobre, altamente tóxico para los peces incluso en las dosis recomendadas. O la piretina, un compuesto extremadamente peligroso tanto para los animales marinos como las abejas.